UN DÍA DE INVIERNO en 2018, Fernando andaba de caza por el monte, con su escopeta repetidora de tres tiros al hombro, y de repente vio venir a sus perrillos corriendo con cara de pánico. Se le pegaron a las piernas. Temblaban. No entendió qué les pasaba hasta que caminó unos pasos y se encontró delante a un corzo con la mirada helada. Todavía estaba vivo, pero le manaba del cuello un hilo de sangre. Un lobo se lo había perforado unos segundos antes. Hincó el colmillo, sintió a los perros cerca y se esfumó; así, como es él, un asesino profesional, elegante, discreto. A Fernando no le dio tiempo a verlo, pero dice que allí, solo, con sus perros amilanados, viendo a aquel animal desangrarse lentamente, le recorrió el cuerpo un escalofrío.

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